Si queréis visitar la capital de Dinamarca, podéis llegar hasta allí por vía aérea, marítima, y marítima-terrestre. Esta última opción es curiosa y en mi caso supuso una confusión anecdótica. Desde Alemania (concretamente desde Hamburgo) se puede coger un tren directo a Copenhague, hecho que parece un tanto inquietante porque entre medias sólo hay mar.
En mi caso, mis amigas y yo estábamos tan cansadas que nos quedamos dormidas antes de descubrir el misterio. Cuando despertamos, seguíamos en el tren, pero rodeadas de coches, furgonetas y camiones. Salimos del vagón, y descubrimos un ascensor que nos llevó hasta la cubierta de un barco.
Para evitar sustos en el billete de tren deberían indicar que el viaje incluye Ferry.
Copenhague es una ciudad cuasi nórdica en la que la luz es la completa protagonista. El centro y los monumentos más emblemáticos son abarcables caminando así que os recomiendo está opción.
Desde los jardines de Tivoli que son asombrosos y por las calles más características de la ciudad vamos hacia la zona más boscosa.
Aquí encontraremos el Castillo de Rosenborg, donde también hay cambio de guardia aunque no sea tan espectacular como el de Londres, y no mucho más lejos la Sirenita, la que probablemente sea la pieza más conocida de toda la ciudad, e incluso del país. Una recomendación: no intentéis acercaros demasiado a ella para hacer la foto porque está rodeada de piedras bañadas por el mar, y resbala. No exagero si os digo que vi caerse al menos a 5 personas.
Otros escenarios maravillosos de la capital danesa que no os podéis perder son: El Palacio Real (Amalienborg), desde el que hay una vista panorámica asombrosa de la Opera House. Uno de los edificios más emblemáticos de esta ciudad y una verdadera joya de la arquitectura moderna. Y como no, el puerto, inundado de colores y veleros. B











































